el pez con patas

"Que algo sea reconfortante no quiere decir que sea verdad." – Richard Dawkins


Deja un comentario

El Pasaje (cuento corto)

I

¿Soy acaso el mar, el monstruo del abismo,

para que me pongas bajo vigilancia?

Cuando pienso que en mi lecho hallaré consuelo

o encontraré alivio a mi queja,

aun allí me infundes miedo en mis sueños;

¡me aterras con visiones!

Job 7:12-14

II

Josué sintió que la maldad se revelaría, acecharía, en las paredes esa noche; esa primera noche en el pequeño apartamento que le servía de hospedaje. Lejos de la familia. Sólo, a merced de las malas almas que el demonio atrinchera en las paredes.

-Diosito apiádate de mi, bendito, ampárame y haz que duerma tranquilo. Hay mamita vente conmigo…– murmuraba para sí.

Desde chico le acechaban las pesadillas y las alucinaciones nocturnas. Al acostarse, su mamá apagaba luz porque el interruptor de la pared estaba lejos de la cama. Josué temía andar a oscuras el corto tramo desde el interruptor en la pared, al lado de la puerta de salida de cuarto, hasta la cama. Cerraba los ojos milisegundos antes del ocaso; antes del último destello de luz artificial. Para Josué esos primeros segundos de tinieblas eran el preludio del terror. Mantenía cerrado los párpados por breves segundos esperando que la impresión de la bombilla, como una huella de luz, se desvaneciera de sus retinas.

A la apertura de los párpados seguía el movimiento rápido, circular algunas veces y caótica las más, de los ojos como buscando acelerar el proceso lento y angustioso de adaptación a los niveles extremadamente tenues de iluminación que, a hurtadillas,  permitían los trazos de luz que se filtraban por debajo de la puerta y a través de las rendijas de las ventanas miami. El pequeño Josué quedaba a merced de la penumbra fantasmagórica.

Josué fue criado en una familia que asiduamente asiste a una pequeña iglesia pentecostal del barrio en que todavía viven en la parte rural de Trujillo Alto. No fue una sino varias las ocasiones en que su mamá le rogó al pastor que interviniera para atenuar la miseria nocturna del pobre Josué. Finalmente el pastor se reunió con Josué y le explicó que son muchas las veces que el Señor interviene en los sueños.

–Cuando los hombres son tercos y se alejan del dictado de Dios, el señor se vale de los sueños buenos y malos. Pero también Satán así se manifiesta. Hoy le pediré a los hermanos de la iglesia que pongan a Josué en oración. El infierno es el lugar donde no serás feliz. Allí los amigos no salen a divertirse. El infierno es una eterna hoguera donde las almas pecadoras van a parar sin ser salvo por Jesus. Allí quedarán por siempre, sin la merced ni la piedad de Dios.

Josué quedó estupefacto, casi perturbado. Esa noche decidió dormir con las luces prendidas.

III

“Jesús mío mi salvador apiádate de mi..” rezaba para sus adentros luego de cerrar los ojos. Pero ya no era un niño. Dieciocho años apenas cumplidos y en primer año de universidad.

El apartamento en que se hospeda es parte de una vieja estructura de dos plantas en el centro urbano de Humacao propiedad de un primo hermano de su papa. El lote al lado derecho del edificio esta baldío. Al lado izquierdo ubica una vieja casona abandonada.

La parte baja del frente que da a la calle está desocupada. Hay dos puertas. Una de ellas es la entrada a lo que fuera el negocio de la esposa del primo del papa previo al divorcio. La otra puerta, en la esquina derecha de la estructura, se abre a un pasillo que lleva la puerta de entrada al apartamento que habita Josué, justo detrás de la tienda, y a unas escaleras para subir a otro apartamento desocupado en el segundo piso.

Tanto abandono y tanto silencio no hacen más que agravar su desdicha nocturna. Josué decidió dormir en la sala.

Josué no tenía amigos con quien divertirse. Ni siquiera en la iglesia. Allí iba a rezar para no ir al infierno. Para salvar su alma. Porque Dios es amor, pensaba, y está contigo en los momento difíciles, continuaba pensando.

A penas cuando lograba dormitar, el ruido grácil, casi un murmullo, que emanaba de las paredes y el piso lo zarandeó. Su mirada se tornó fijamente a los destellos de luz que se filtraban entre las fisuras de la vieja y maltratada pared de la sala. Entró en pánico. Se irguió. Se agarró la cabeza con la vista todavía dirigida, fijamente, a la pared.

—¡Jesus mío!. ¡Es Satán!

Satán. Con letra mayúscula. Como su miedo. El miedo que aprendió de su madre, de su iglesia, de su pastor. Se volteó despavorido corriendo hacia la puerta de salida dando tumbos mientras atravesaba el pasillo a oscuras hacia la puerta de salida a la calle; la calle que recorrió en carrera alocada sin prestar atención a los alaridos de los perturbados perros del vecindario. Sin pensar siquiera en el Dios. El Dios de amor que condena a sus criaturas al infierno, sin piedad ni merced, como a Josué en esa noche. Como en tantas noches.

IV

–Rio Piedras, cuatro y nos vamos — retumbó a los vientos en el Terminal de Guaguas Públicas de Humacao quién parecía tener a cargo la llevadera tarea de hacer cuentas y anunciar, a los posibles viajeros, la cantidad de espacios disponibles en el autobús de pasajeros con destino a Río Piedras.

A Irène le encantaba la manera en que los puertorriqueños nombraban al pequeño autobús o van de pasajeros. Pisicorre. Ella los conocía como furgoneta. Irène aprendió español durante los años que atendió la escuela secundaria en Santa Bárbara, estado de California, completando un minor durante sus estudios subgraduados en antropología en la Universidad de California en Berkeley. Fue en esta universidad que obtuvo, recientemente, el doctorado en Antropología.

Irène. Fue a su mamá, profesora de estudios graduados en Física en la Universidad de California, a la que se le ocurrió llamarle así, a la memoria de la física francesa Irène Joliot-Curie, científica , socialista, miembro de la resistencia francesa contra la ocupación nazi, atea y promotora de la educación de las mujeres.

Irène avanzó para ocupar uno de los asientos en la parte posterior al lado de la ventana de la pisicorre. En ruta de Humacao a San Juan, la carretera número 30 ofrece un espectáculo escarlata en verano: el Flamboyán en flor. Irène se embarca en el paisaje. Una travesía a través de un majestuoso mosaico de verdes, anaranjados, amarillos  y rojos.  Cuando no encuentra una conversación entretenida con algún pasajero fortuito, se entretiene, absorta, escudriñando el panorama en busca de un Flamboyán azul.

–Buen día– interrumpe una joven que se sienta a su lado seguida por una tercera persona que a duras penas, por el exceso de peso, se abría paso hacia el asiento diseñado para cuatro pero que en las pisicorres suelen apiñar a cinco. El pregonero de los asientos-por-ocupar se asomó por la ventana y refunfuño para sus adentros. “Tres pasajeros y el asiento lleno”.

La estadía en la Ciudad Gris no pudo ir mejor. No fue su primera visita. Es su tercera visita. Las dos anteriores como parte de su trabajo de investigación de lugares históricos iniciado por uno de sus profesores de Berkeley. Esta ocasión motivada por un rumor que escuchara de Matilde, la dueña de la hospedería donde suele quedarse en el pueblo.

—El dueño anterior de esta estructura, un caballero de ochenta años largos, me contó que debajo del piso del cuarto donde duermes hay un túnel que era utilizado por opositores de la Corona cuando la Isla era colonia española— le contó susurrando Matilde, no por miedo a que algún tercero la escuchara, sino con desnuda intención de hacer el relato entretenido.

Matilde tendría unos cuarenta y algo años. La hospedería, tal como le admitiera en otra ocasión, no era del todo rentable pero le agradaba la compañía de huéspedes selectos.  Su modesta fuente de ingresos provenía de los cursos de literatura en el Recinto Universitario de Humacao y de dos libros de cuentos cortos que publicara.

Irène no resistió esa noche la tentación de auscultar el piso. Pegó el oído mientras percutía  con las palmas la superficie. Aquí y allá hasta que escuchó el sonido hueco. Allí permaneció absorta, paralizada, aguantado la respiración tratando de descifrar lo que se traducía en sus sentidos como una música lejana.

“El salón de baile”, pensó excitada. “El edificio de madera de la esquina”. Se trataba de un viejo edificio de dos plantas en el mismo bloque pero en la esquina opuesta de la hospedería.

En la mañana el acuerdo con Matilde se formalizó. Al menos de palabra. Algo había debajo del piso y la mera idea de descubrir el pasaje—si alguno— le ponía la piel de gallina. Matilde contacto esa misma tarde a Miguel, el handyman que le hacía los trabajos de mantenimiento de la hospedería. Los trabajos comenzaron el día después, temprano en la mañana.

— Muévanse al lado si no quieren que los golpee con el marrón — aviso Miguel.

“¿Marrón?”, pensó Irène. Para su español de California era un marro. “Pisicorre, marrón”. Le fascinaba el dialecto puertorriqueño.

A los primeros golpes del marrón el piso cedió. El túnel. El pasaje. Irène se sumergió primero con su casco con linterna. En una caída de dos metros tocó fondo. Matilde, con una linterna de mano,  y Miguel, con el marrón en mano, le siguieron.

El túnel era rectangular, metro y medio de alto por un metro de ancho. No suficientemente cómodo para Irène que era delgada pero medía cinco pies y diez pulgadas. Húmedo, en olor y en sensación en la piel. Lentamente, encorvados unas veces y en cuclillas otras, se desplazaron a través de un tramo largo, quizás unos 100 metros, hasta un punto en que la reducción brusca de la altura, a penas un metro, les obligó a continuar gateando. Diez metros más adelante Irène alcanzó a ver una apertura a la izquierda del pasaje principal. Al acercarse notó que la apertura era el acceso a un pasadizo diagonal por el que se podía subir cómodamente y el cual probablemente les llevaría a la superficie.

Irène no hesitó y decidió ascender seguida por sus dos acompañantes para toparse de seguido con lo que aparentaba ser, por su elaboración descuidada, el dorso de una pared de madera y cemento que sellaba el acceso desde la superficie. Irène se acercó alumbrando con la linterna de su casco en un intento de ver a través de las fisuras de la pared cuando un grito aterrador al otro lado la detuvo.

—¡Jesus mío! ¡Es Satán!— fue lo único que alcanzó a entender. Al grito le siguió un alarido acompañado por un retumbe estruendoso de pasos que parecían alejarse para confundirse en un distante y apenas discernible coro de ladridos.


¿Te gusta pero no tienes cuenta de WordPress? Contáctame: edescamar@gmail.com


Deja un comentario

El Defensor (Cuento corto)

“No sé qué hago aquí con este esperpento grasoso”, se preguntó Sonia.

Sonia contaba con que el tiempo de la entrevista de trabajo fuera breve. No le preocupaba el nerviosismo que suele apoderarse de ella en situaciones donde sus planes futuros están en juego. Cuando leyó el correo electrónico que se entrevistaría con el propio director de la oficina de abogados en un restaurante en Santurce se sintió aliviada. Los encuentros en oficinas cerradas los asocia con interrogatorios. No es que le aterroricen los interrogatorios. Tal fobia no le hubiera ayudado a graduarse de leyes apenas tres meses atrás. Lo que le aterroriza es la mera idea de ser interrogada. En un ambiente de comida y bebida se sentiría confortable. Al menos eso pensó en ese momento. Sigue leyendo


Deja un comentario

La Mujer y los Libros “Sagrados”

Existen partisanos de la Biblia, así como los del Corán, que insisten que estos libros escritos en la antigüedad son favorecedores de la mujer. Búsquese en el Internet y encontrara miles de entradas de apologéticos (defensores y alabadores), hombres y mujeres, que rebuscan algún pasaje en dichos textos con miras a probar su argumento. Hay un término en inglés que describe figurativamente este comportamiento  para el cuál no he encontrado una versión similar figurativa en español: “cherry picking”. En el caso que aquí nos ocupa: seleccionar por conveniencia partes de un texto para “probar” un argumento ignorando otros que lo contradicen.

Aquí algunos pasajes reveladores.

Corán:
” 4:34 Los hombres tienen autoridad sobre las mujeres en virtud de la preferencia que Alá ha dado a unos más que a otros y de los bienes que gastan. Las mujeres virtuosas son devotas y cuidan, en ausencia de sus maridos, de lo que Alá manda que cuiden. ¡Amonestad a aquéllas de quienes temáis que se rebelen, dejadlas solas en el lecho, pegadles! Si os obedecen, no os metáis más con ellas. Alá es excelso, grande.”
“4:3 Si teméis no ser equitativos con los huérfanos, entonces, casaos con las mujeres que os gusten: dos, tres o cuatro. Pero. si teméis no obrar con justicia, entonces con una sola o con vuestras esclavas. Así, evitaréis mejor el obrar mal.”

Biblia (Nuevo Testamento):
“Pero quiero que sepáis que Cristo es cabeza de todo varón, y el varón es cabeza de la mujer… Porque el varón no debe cubrirse la cabeza, porque él es imagen y gloria de Dios; pero la mujer es gloria del varón. Porque el varón no procede de la mujer, sino la mujer del varón, y tampoco el varón fue creado por causa de la mujer, sino la mujer por causa del varón.” (Corintios 11: 3, 7, 8 & 9)
“Vuestras mujeres callen en las congregaciones; porque no les es permitido hablar, sino que estén sujetas, como también la ley lo dice. Y si quieren aprender algo, pregunten en casa a sus maridos; porque es indecoroso que una mujer hable en la congregación.” (Corintios 14: 34 & 35)
“La mujer aprenda en silencio, con toda sujeción. Porque no permito a la mujer enseñar, ni ejercer dominio sobre el hombre, sino estar en silencio. Porque Adán fue formado primero, después Eva; y Adán no fue engañado, sino que la mujer, siendo engañada, incurrió en trasgresión. Pero se salvará engendrando hijos, si permaneciere en fe, amor y santificación, con modestia.” (Timoteo 2: 11-15)