el pez con patas

"Que algo sea reconfortante no quiere decir que sea verdad." – Richard Dawkins


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La Niebla (sin editar)

Par de kilómetros más de curvas en la carretera 162 y en casa. Ha pasado poco más de una hora manejando desde la ciudad de Ponce hacia el barrio Helechal, en Barranquitas.  Es una noche de cansancio, de neblina y pobremente perceptible llovizna. E imperceptible es el paisaje en su recorrido por está estrecha carretera a través de montañas y barrancas; ceguera atenuada por las luces delanteras que se difuminan fantasmagóricamente en la neblina. Un carril de ida y otro de vuelta tan estrechos que vehículos marchando en distintas direcciones apenas evitan colisionar.

La música del radio, que provenía de la conexión del iPhone a través de un cable auxiliar, fue súbitamente interrumpida por la entrada de una llamada. MAMA, anunciaba el panel de instrumento. Presiono el botón de aceptar en el guía.

–Dímelo –abrió la conversación lacónicamente.

–¿Paraste en la farmacia? –pregunto la mama con tono inquisidor –La doctora te advirtió que no puedes dejar de tomar las pastillas en ningún momento. Ya llevas dos días y no hay excusas.

–Sí. Pare en la farmacia y las recogí –respondió, mintiendo, más para salir del paso que para complacerla— Tengo que enganchar. Estoy guiando por las curvas y hay mucha neblina. Te hablo mañana. Sigue leyendo


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Sobre Renacuajos y Engaños

Tendría unos 10 años de edad o 9 u 8, no recuerda bien, pero sí recuerda con certeza que vivía con sus padres en una casa alquilada en una sección de Las Lomas, una urbanización entre tantas en el San Juan suburbano. Su nombre hace justicia al entorno topográfico: elegantes lomas, que hasta mediados del pasado siglo se vestían de cañas pero que terminaran inescrutables al ser desfiguradas por el corte en terrazas para erigir diminutas unidades de vivienda unifamiliares. Diminutas viviendas, por cierto. En la cocina apenas cabía una estufa, sin permitir espacio a la nevera que terminaba aparatosamente en un rincón de la sala consumiendo—devorando— parte de los escasos 20 metros (65 pies) cuadrados de piso. Sigue leyendo


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La Energía (Cuento Corto)

I’m sick and tired of hearing things
From uptight, short sighted
Narrow-minded hypocritics
All I want is the truth
Just gimme some truth…

La música de John Lennon a través de los auriculares aislaban a Marco del bullicio en el centro de cómputos de la facultad. Era su estrategia plausible para ganar control de sus sentidos y concentrarse en la tarea de completar su parte del proyecto de grupo en la clase de programación. Marco no se sentía confortable con los proyectos en grupos. Para él existen tres tipos de participantes en los proyectos en grupo. Los que no hacen nada, los que entregan algo que al fin de cuentas él termina rehaciendo y los imprescindibles, como él.

A Marco no le agrada la idea de trabajar tiempo completo en una firma de desarrollo de aplicaciones por esta razón. Desarrollar y mantener una aplicación para organizaciones comerciales complejas de la talla de bancos, cadenas de tiendas o entidades gubernamentales es posible por el trabajo en equipo. Al menos, pensaba a manera de narcotizar su agonía, no se rodearía de aprendices mediocres. Y con suerte trabajaría desde su apartamento. Lo que es mejor, desde un coffee shop con acceso a Internet.

La música cesó repentinamente gracias a los dedo desapercibidos de Sara que accionaron el botón de pausa de los auriculares.

—Tu café—dijo ella señalando la taza de café cortadito que, desapercibidamente, había colocado sobre la mesa. Contiguo a la taza la moneda de veinticinco centavos de vuelta.

—Gracias —dijo él guiñando los dos ojos, no uno, buscando no revelar intensión alguna de flirtear. Sara guiño un ojo y se retiró a la mesa que ocupaba el resto del grupo.

Marco no pudo evitar distraerse con la conversación, unos segundos antes camuflada por la música ahora pausada, que sostenían algunos de los estudiantes del grupo.

—…tratando de probar que el alma deja el cuerpo al momento de la muerte. El experimento consistió de pesar el cuerpo de un moribundo antes y al momento mismo de morir. ¡Veinticuatro gramos de diferencia! Y fue un experimento científico—comentaba Ana con una expresión de palabras con luz en su rostro.

Ana suele hacer comentarios con ínfulas de autoridad en algunas materias de conversación; autoridad que presume por ser estudiante de pre-médica. Los médicos, los dentistas y algunos ingenieros civiles suelen presumir de autoridad en cualquier tema de conversación. Al fin y al cabo no son más que practicantes. Los científicos fueron entrenados para hacer investigaciones que resultan en nuevos tratamientos en la medicina. Los médicos son entrenados para poner en práctica los hallazgos y procedimientos de los primeros. Lo mismo suele suceder con la mayoría de los ingenieros civiles. Ellos siguen las reglas para construir un puente que no se caiga.

Ana ni siquiera era médico.

Urban legend—interrumpió Marco—. No fue un “experimento científico”—continuó mientras hacía gestos de entre comillas con los dedos.

—Deberías leer más…—trató de responder Ana, con un tono que denota una mezcla de burla y reproche, pero siendo interrumpida por Marco de nuevo.

—Duncan MacDougall, Médico de Massachusetts, no científico, a principios del siglo veinte. Y no fueron 24 gramos. La leyenda urbana es 21 gramos pero ni siquiera Duncan pudo establecer una medida precisa. Sus experimentos nunca pudieron ser replicados o repetidos ni siquiera por el propio Duncan.  De los supuestos facts en sus notas, unos fueron descartados  por carecer de valor científico y los otros no probaban otra cosa que la pérdida en etapas de algunos gramos, como si el alma escapara pedazo a pedazo. Y lo peor, no consideró explicaciones plausibles como la pérdida de agua por evaporación por la súbita baja de temperatura.

—Pero el cuerpo tiene energía, como todas las cosas en la naturaleza, y eso es el alma—replico Ana.

—Energía es un concepto. La materia existe y está en constante movimiento y conmoción. Y el movimiento que las moléculas expresan y transfieren nosotros lo percibimos como ondas, calor, etcétera, etcétera. Y lo medimos con instrumentos. Y a esa medida la llamamos energía. Simple y llano—replicó Marco.

—Oh please, no debes negar algo porque alguien no lo puede probar—dijo Ana sin pausa y con un rostro apagado y preocupado. Como si sintiera que la conversación se le iba de las manos.

By the way, yo no necesito probar que algo no es cierto. El peso de la prueba está de tu lado. Yo lo que no acepto de entrada es que tú das por sentado algo que ni siquiera tú puedes probar. Hasta usas conceptos como energía fuera de lo que estrictamente definen. Tú me puedes decir que comiste avena esta mañana. En ese caso, yo acepto que es posible que tú comiste avena. Es posible porque hay evidencia que hay gente que come avena por las mañana. Yo he comido avena por las mañana. Con mucha azúcar. Pero yo no puedo tomar por cierto  que tú comiste avena esta mañana. Pero se puede probar. Basta que vomites o cagues. En el segundo caso podemos llevar la muestra a un laboratorio. ¡Pero que el alma existe!—concluyó Marco.

—Oh, por favor, hasta hay una película llamada 21 Grams…—trato de responder desesperadamente Ana, para ser interrumpida por Marco en tercera ocasión.

—Filmada en 2013. Una película. Urban legend. Bull shit.

El silencio embarazoso que siguió fue roto por la carcajada de Sara que a duras penas consiguió apagar colocando las dos manos sobre los labios.

—Eso te quedó bien, Marco— consiguió decir con las palmas de la mano esta vez sobre sus cachetes—. Cabronamente bien.

Marco le guiño esta vez un ojo y se volteó. Tres clicks dejando apretado el botón de los Apple EarPhones por unos segundos llevó la canción al comienzo y se sumergió en su trabajo.

I’m sick and tired of hearing things
From uptight, short sighted
Narrow-minded hypocritics
All I want is the truth
Just gimme some truth…


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El Pasaje (cuento corto)

I

¿Soy acaso el mar, el monstruo del abismo,

para que me pongas bajo vigilancia?

Cuando pienso que en mi lecho hallaré consuelo

o encontraré alivio a mi queja,

aun allí me infundes miedo en mis sueños;

¡me aterras con visiones!

Job 7:12-14

II

Josué sintió que la maldad se revelaría, acecharía, en las paredes esa noche; esa primera noche en el pequeño apartamento que le servía de hospedaje. Lejos de la familia. Sólo, a merced de las malas almas que el demonio atrinchera en las paredes.

-Diosito apiádate de mi, bendito, ampárame y haz que duerma tranquilo. Hay mamita vente conmigo…– murmuraba para sí.

Desde chico le acechaban las pesadillas y las alucinaciones nocturnas. Al acostarse, su mamá apagaba luz porque el interruptor de la pared estaba lejos de la cama. Josué temía andar a oscuras el corto tramo desde el interruptor en la pared, al lado de la puerta de salida de cuarto, hasta la cama. Cerraba los ojos milisegundos antes del ocaso; antes del último destello de luz artificial. Para Josué esos primeros segundos de tinieblas eran el preludio del terror. Mantenía cerrado los párpados por breves segundos esperando que la impresión de la bombilla, como una huella de luz, se desvaneciera de sus retinas.

A la apertura de los párpados seguía el movimiento rápido, circular algunas veces y caótica las más, de los ojos como buscando acelerar el proceso lento y angustioso de adaptación a los niveles extremadamente tenues de iluminación que, a hurtadillas,  permitían los trazos de luz que se filtraban por debajo de la puerta y a través de las rendijas de las ventanas miami. El pequeño Josué quedaba a merced de la penumbra fantasmagórica.

Josué fue criado en una familia que asiduamente asiste a una pequeña iglesia pentecostal del barrio en que todavía viven en la parte rural de Trujillo Alto. No fue una sino varias las ocasiones en que su mamá le rogó al pastor que interviniera para atenuar la miseria nocturna del pobre Josué. Finalmente el pastor se reunió con Josué y le explicó que son muchas las veces que el Señor interviene en los sueños.

–Cuando los hombres son tercos y se alejan del dictado de Dios, el señor se vale de los sueños buenos y malos. Pero también Satán así se manifiesta. Hoy le pediré a los hermanos de la iglesia que pongan a Josué en oración. El infierno es el lugar donde no serás feliz. Allí los amigos no salen a divertirse. El infierno es una eterna hoguera donde las almas pecadoras van a parar sin ser salvo por Jesus. Allí quedarán por siempre, sin la merced ni la piedad de Dios.

Josué quedó estupefacto, casi perturbado. Esa noche decidió dormir con las luces prendidas.

III

“Jesús mío mi salvador apiádate de mi..” rezaba para sus adentros luego de cerrar los ojos. Pero ya no era un niño. Dieciocho años apenas cumplidos y en primer año de universidad.

El apartamento en que se hospeda es parte de una vieja estructura de dos plantas en el centro urbano de Humacao propiedad de un primo hermano de su papa. El lote al lado derecho del edificio esta baldío. Al lado izquierdo ubica una vieja casona abandonada.

La parte baja del frente que da a la calle está desocupada. Hay dos puertas. Una de ellas es la entrada a lo que fuera el negocio de la esposa del primo del papa previo al divorcio. La otra puerta, en la esquina derecha de la estructura, se abre a un pasillo que lleva la puerta de entrada al apartamento que habita Josué, justo detrás de la tienda, y a unas escaleras para subir a otro apartamento desocupado en el segundo piso.

Tanto abandono y tanto silencio no hacen más que agravar su desdicha nocturna. Josué decidió dormir en la sala.

Josué no tenía amigos con quien divertirse. Ni siquiera en la iglesia. Allí iba a rezar para no ir al infierno. Para salvar su alma. Porque Dios es amor, pensaba, y está contigo en los momento difíciles, continuaba pensando.

A penas cuando lograba dormitar, el ruido grácil, casi un murmullo, que emanaba de las paredes y el piso lo zarandeó. Su mirada se tornó fijamente a los destellos de luz que se filtraban entre las fisuras de la vieja y maltratada pared de la sala. Entró en pánico. Se irguió. Se agarró la cabeza con la vista todavía dirigida, fijamente, a la pared.

—¡Jesus mío!. ¡Es Satán!

Satán. Con letra mayúscula. Como su miedo. El miedo que aprendió de su madre, de su iglesia, de su pastor. Se volteó despavorido corriendo hacia la puerta de salida dando tumbos mientras atravesaba el pasillo a oscuras hacia la puerta de salida a la calle; la calle que recorrió en carrera alocada sin prestar atención a los alaridos de los perturbados perros del vecindario. Sin pensar siquiera en el Dios. El Dios de amor que condena a sus criaturas al infierno, sin piedad ni merced, como a Josué en esa noche. Como en tantas noches.

IV

–Rio Piedras, cuatro y nos vamos — retumbó a los vientos en el Terminal de Guaguas Públicas de Humacao quién parecía tener a cargo la llevadera tarea de hacer cuentas y anunciar, a los posibles viajeros, la cantidad de espacios disponibles en el autobús de pasajeros con destino a Río Piedras.

A Irène le encantaba la manera en que los puertorriqueños nombraban al pequeño autobús o van de pasajeros. Pisicorre. Ella los conocía como furgoneta. Irène aprendió español durante los años que atendió la escuela secundaria en Santa Bárbara, estado de California, completando un minor durante sus estudios subgraduados en antropología en la Universidad de California en Berkeley. Fue en esta universidad que obtuvo, recientemente, el doctorado en Antropología.

Irène. Fue a su mamá, profesora de estudios graduados en Física en la Universidad de California, a la que se le ocurrió llamarle así, a la memoria de la física francesa Irène Joliot-Curie, científica , socialista, miembro de la resistencia francesa contra la ocupación nazi, atea y promotora de la educación de las mujeres.

Irène avanzó para ocupar uno de los asientos en la parte posterior al lado de la ventana de la pisicorre. En ruta de Humacao a San Juan, la carretera número 30 ofrece un espectáculo escarlata en verano: el Flamboyán en flor. Irène se embarca en el paisaje. Una travesía a través de un majestuoso mosaico de verdes, anaranjados, amarillos  y rojos.  Cuando no encuentra una conversación entretenida con algún pasajero fortuito, se entretiene, absorta, escudriñando el panorama en busca de un Flamboyán azul.

–Buen día– interrumpe una joven que se sienta a su lado seguida por una tercera persona que a duras penas, por el exceso de peso, se abría paso hacia el asiento diseñado para cuatro pero que en las pisicorres suelen apiñar a cinco. El pregonero de los asientos-por-ocupar se asomó por la ventana y refunfuño para sus adentros. “Tres pasajeros y el asiento lleno”.

La estadía en la Ciudad Gris no pudo ir mejor. No fue su primera visita. Es su tercera visita. Las dos anteriores como parte de su trabajo de investigación de lugares históricos iniciado por uno de sus profesores de Berkeley. Esta ocasión motivada por un rumor que escuchara de Matilde, la dueña de la hospedería donde suele quedarse en el pueblo.

—El dueño anterior de esta estructura, un caballero de ochenta años largos, me contó que debajo de el piso del cuarto donde duermes hay un túnel que era utilizado por opositores de la Corona cuando la Isla era colonia española— le contó susurrando Matilde, no por miedo a que algún tercero la escuchara, sino con desnuda intención de hacer el relato entretenido.

Matilde tendría unos cuarenta y algo años. La hospedería, tal como le admitiera en otra ocasión, no era del todo rentable pero le agradaba la compañía de huéspedes selectos.  Su modesta fuente de ingresos provenía de los cursos de literatura en el Recinto Universitario de Humacao y de dos libros de cuentos cortos que publicara.

Irène no resistió esa noche la tentación de auscultar el piso. Pegó el oído mientras percutía  con las palmas la superficie. Aquí y allá hasta que escuchó el sonido hueco. Allí permaneció absorta, paralizada, aguantado la respiración tratando de descifrar lo que se traducía en sus sentidos como una música lejana.

“El salón de baile”, pensó excitada. “El edificio de madera de la esquina”. Se trataba de un viejo edificio de dos plantas en el mismo bloque pero en la esquina opuesta de la hospedería.

En la mañana el acuerdo con Matilde se formalizó. Al menos de palabra. Algo había debajo del piso y la mera idea de descubrir el pasaje—si alguno— le ponía la piel de gallina. Matilde contacto esa misma tarde a Miguel, el handyman que le hacía los trabajos de mantenimiento de la hospedería. Los trabajos comenzaron el día después, temprano en la mañana.

— Muévanse al lado si no quieren que los golpee con el marrón — aviso Miguel.

“¿Marrón?”, pensó Irène. Para su español de California era un marro. “Pisicorre, marrón”. Le fascinaba el dialecto puertorriqueño.

A los primeros golpes del marrón el piso cedió. El túnel. El pasaje. Irène se sumergió primero con su casco con linterna. En una caída de dos metros tocó fondo. Matilde, con una linterna de mano,  y Miguel, con el marrón en mano, le siguieron.

El túnel era rectangular, metro y medio de alto por un metro de ancho. No suficientemente cómodo para Irène que era delgada pero medía cinco pies y diez pulgadas. Húmedo, en olor y en sensación en la piel. Lentamente, encorvados unas veces y en cuclillas otras, se desplazaron a través de un tramo largo, quizás unos 100 metros, hasta un punto en que la reducción brusca de la altura, a penas un metro, les obligó a continuar gateando. Diez metros más adelante Irène alcanzó a ver una apertura a la izquierda del pasaje principal. Al acercarse notó que la apertura era el acceso a un pasadizo diagonal por el que se podía subir cómodamente y el cual probablemente les llevaría a la superficie.

Irène no hesitó y decidió ascender seguida por sus dos acompañantes para toparse de seguido con lo que aparentaba ser, por su elaboración descuidada, el dorso de una pared de madera y cemento que sellaba el acceso desde la superficie. Irène se acercó alumbrando con la linterna de su casco en un intento de ver a través de las fisuras de la pared cuando un grito aterrador al otro lado la detuvo.

—¡Jesus mío! ¡Es Satán!— fue lo único que alcanzó a entender. Al grito le siguió un alarido acompañado por un retumbe estruendoso de pasos que parecían alejarse para confundirse en un distante y apenas discernible coro de ladridos.


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