el pez con patas

"Que algo sea reconfortante no quiere decir que sea verdad." – Richard Dawkins

Sobre Renacuajos y Engaños

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Tendría unos 10 años de edad o 9 u 8, no recuerda bien, pero sí recuerda con certeza que vivía con sus padres en una casa alquilada en una sección de Las Lomas, una urbanización entre tantas en el San Juan suburbano. Su nombre hace justicia al entorno topográfico: elegantes lomas, que hasta mediados del pasado siglo se vestían de cañas pero que terminaran inescrutables al ser desfiguradas por el corte en terrazas para erigir diminutas unidades de vivienda unifamiliares. Diminutas viviendas, por cierto. En la cocina apenas cabía una estufa, sin permitir espacio a la nevera que terminaba aparatosamente en un rincón de la sala consumiendo—devorando— parte de los escasos 20 metros (65 pies) cuadrados de piso.

Y con las lomas vinieron las cuestas. Vivía con sus padres, en la susodicha casa alquilada en la parte baja de la inclinada calle Fernando Gómez Acosta. Sí, con uno de esos nombres largos que en aquellos tiempos todavía se les otorgaban a las calles para pesar de los que escribían la dirección en los sobres de las cartas de correo. Esta costumbre de largos nombres de desconocidos—al menos para los ocupantes de las pequeñas casas—se abandonó poco después para dar paso al insípido y aburrido uso de letras o números—Calle A o Calle 2—quizá para conveniencia o interés de los desarrolladores, quizá por el desinterés burocrático de aquellos que otorgan permisos de construcción, pero sin duda alguna para desgracia del servicio de correos con tantos nombres similares de calles dentro un mismo código postal.

Subiendo la cuesta de la Fernando Gómez Acosta, unos 50 metros aproximados, vivían sus tíos y, al final, cruzando la calle Sandalio Enrique Alonso en el mero tope de la loma, estaba la escuela elemental Rafael Rivera Otero. Allí cursó—o sobrevivió bajo condiciones adversas—quinto y sexto grados. A un nivel bajo, tres o cuatro cortes de terrazas detrás de la escuela, estaba aquello que—aun considerando su facha desvalida—le llamaban parque de pelota. En estas desatendidas terrazas, con bases de unos 3 metros que encaminaban la escorrentía evitando la erosión y la desestabilización del terreno, proliferaban los charcos de agua y, en ellos, los renacuajos.

Y allí iba a “pescar” renacuajos llevando como aparejo de pesca una o dos botellas de ron vacías. En ese tiempo tenia pocos conocidos, por no llamarles amistades. Así que iba sólo. Su estilo de pesca consistía de dos actividades de las cuales una realmente contribuía a la captura de los desafortunados no-llegaran-a-ser-sapos renacuajos y la otra, a la que el muy sanano le atribuía toda la gloria de la captura, era pura ilusión; puro engaño.

La artimaña que daba resultados evidentes y de los cuales se puede dar constancia consistía de hundir la botella acostada en el charco apuntando a los renacuajos de manera que el agua, más pesada que el aire dentro de la botella, reemplazara este último llevando de golpe consigo a las desdichadas larvas de batracios.

La otra era rezar. Se debe decir que pasó gran parte de su niñez con sus susodichos amados tíos que cuidaron de su hermano y de él como hijos. Sus tías eran fervientes católicas. Con eso se dice todo. Cada vez que zumbaba la botella y le pedía a “papa dios” que los renacuajos nadaran a ella el “milagro” ocurría.

Poco tiempo después, al inicio de la adolescencia, una lectura precoz de Principios Elementales de Filosofía de Georges Politzer dio al traste con el engaño. Y tras este, una sucesión de lecturas de contenido científico, “herejes” e irreverentes. No eran las manos invisibles del diosito imaginario las que dirigían las desafortunadas criaturas al interior de la botella. Un experimento sencillo para demostración. Ponga dos grupos de niños a pescar utilizando la misma técnica de la botella arriba descrita. Un grupo lo hará rezando. El otro, el grupo control, sin rezar. Cuéntense los renacuajos. No es una lástima que no se le ocurriera el experimento cuando niño. De todos modos, no tenía amigos que cooperaran. En el ambiente mixto hostil de la urbanización y de las barriadas—Santiago Iglesias, Las Lomas, Monacillo, Yambele, El Ultimo Chance, Korea–de esa época no era fácil. Conocidos habían, pero estaban más entretenidos en hacerle la vida difícil e incómoda a los vecinos que cazar renacuajos.

Como nota curiosa, y a manera de epílogo, una de las acepciones de la palabra engaño es armadijo o trampa de pesca. Contrario a los infortunados renacuajos, él se libró de la trampa. Se hizo libre. No más pesadillas por cuentos de espíritus o por la engorrosa presencia imaginada de un tirano invisible que está en todos lados velándote. Hasta cuando defecas.


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