el pez con patas

"Que algo sea reconfortante no quiere decir que sea verdad." – Richard Dawkins

El Defensor (Cuento corto)

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“No sé qué hago aquí con este esperpento grasoso”, se preguntó Sonia.

Sonia contaba con que el tiempo de la entrevista de trabajo fuera breve. No le preocupaba el nerviosismo que suele apoderarse de ella en situaciones donde sus planes futuros están en juego. Cuando leyó el correo electrónico que se entrevistaría con el propio director de la oficina de abogados en un restaurante en Santurce se sintió aliviada. Los encuentros en oficinas cerradas los asocia con interrogatorios. No es que le aterroricen los interrogatorios. Tal fobia no le hubiera ayudado a graduarse de leyes apenas tres meses atrás. Lo que le aterroriza es la mera idea de ser interrogada. En un ambiente de comida y bebida se sentiría confortable. Al menos eso pensó en ese momento.

La cita fue arreglada por su padre, un abogado del oeste de la Isla más conocido por la infamia de sus juntillas políticas que por sus desventuras en el campo de las leyes. Al menos su padre no se interesaba por lo criminal. Ella tampoco. El sólo imaginarse trabajando con abogados criminalistas le provoca una sensación de angustia y desata horribles reacciones somáticas, como la extrema sequedad que se apodera de su boca en estos momentos y que intenta aplacar con un trago de cerveza.

—…y le dije a ese animal que sometiera la moción de renuncia al jurado esa semana y que no esperara que comenzara el proceso.

El grito estridente del licenciado hablando por el celular le sacó de sus pensamientos y la arrastró de regreso, sin misericordia, a la barra. La lista de espera en el restaurante era larga y la clientela se agolpaba, de pie, en el pasillo de entrada donde los pocos asientos de espera no daban a basto.

“¿Cómo se puede explicar que un abogado llame animal a uno de sus socios o subalternos, cualquiera sea el caso, por no someter una moción a tiempo y él mismo se olvide de reservar con tiempo una mesa en un restaurante al medio día en un área de oficinas y de agitada actividad de negocios en la capital? Así de poco le importaría la entrevista”, Sonia dijo a sus adentros.

Pero allí estaba, al menos, en la barra en espera. Apiñada al lado de aquella bestia con pinta de “bully” de escuela, hinchada de grasa y ensopada de sudor. Si el olor era estupefaciente, provocante de náuseas era la mugre acumulada, atrincherada, en los rollos de manteca en su cuello, anudadas a una acantosis pigmentaria asqueante y, más que todo, exasperante que delataba una diabetes auto-infringida, provocada por una vida entregada al oneroso vicio de la alimentación desmedida.

“Astucia y gordura, hasta la sepultura”.

La conversación por el celular parecía interminable. Sonia decidió no prestar atención a lo que decía. No podía evitar, sin embargo, fijarse en lo que sugería ser un tic nervioso del licenciado. El tac-tac-tac fastidioso e irritante de su pulgar golpeando el tope de la barra.

Decidió excavar en su bolso, extraer el celular y marcar los cuatro números del código de activación.  A los Millennials no les resulta difícil aislarse del entorno. Los miembros de esta generación tienen un estilo particular de navegar en el internet: boyan boca arriba sin la ayuda de otro dispositivo de flotación que la pantalla del teléfono. En ese estado, la cabeza se sumerge a medias en el agua cibernética que, cubriendo los oídos, sutiliza el bullicio y la algarabía del mundo exterior inmediato. Sutiliza, sí, reduciendo el alboroto a un tolerable murmullo. En el peor de los casos, recurren a un dispositivo, no de flotación, sino de sumersión: los auriculares.

Sonia miraba la pantalla del iPhone deslizando con su índice el contenido de su página de Facebook. No estaba absorta en el contenido de la misma, sin embargo. Estaba ensimismada en sus pensamientos.

Tengo unas malditas ganas de salir corriendo”, pensó.

El movimiento descontrolado del dedo índice sobre la pantalla denunciaba la ansiedad que le consumía. La angustia que se abultaba en su rostro no escapó a la atención de la bartender que tocó gentilmente su mano para despertar su atención y, con tono dulce y apagado, se dirigió a ella.

—¿Estas bien, sweety?

Noemí. Al menos así lo atestiguaba la etiqueta de plástico en su blusa. Su rostro era ovalado, con una nariz discreta y uno ojos hazel que confundían, hipnotizaban. Unos ojos maestros del disfraz. Como los pulpos. Las veces color cercano al de la avellana. Las veces cercanos al verde jade. Unos ojos que sumían a Sonia en un letargo que la involuntaria, leve, imperceptible inclinación de su cabeza hacia la izquierda delataba.

Sonia nunca tuvo una relación romántica estable en su vida. Ni romántica, ni de ninguna índole. A sus 23 años de edad, recientemente cumplidos, apenas recuerda haber besado un par de veces dos chicos cuando cursaba octavo grado en el colegio católico. Nada serio. Efímero. Eran de los escasos chicos con un atractivo delicado, rayando en lo femenino, tiernos en el mirar y en el conversar. Atracción que no tenía que ver con sexo.

Leo era de ese tipo de chicos. Aunque lo conoció en sexto grado de la elemental católica, su amistad perduró y fortaleció durante los años que sobrevivieron la superior católica. Su relación con Leo era ni más ni menos de franca amistad. El le confiaba sus dichas y desdichas. Manso y dulce en el carácter y en la figura pero de perspicaz e implacable manera de razonar para su edad. La mera presencia de Leo en la clase de religión le causaba espasmos en el estomago y esa resequedad en la boca que no conseguía, y todavía se le hace imposible, domeñar. No porque no conviniera con sus comentarios tan puntillosos como elegantes. Como cuando la maestra sugirió que había que agradecerle a Dios por la oportunidad de estudiar en un Colegio Católico. “¿Cual de ellos?”, Leo preguntó para rápidamente añadir “Hindús adoran unos 300. Y que decir de los miles que los Hititas adoraban”. El año escolar entero con Leo en la clase de religión no comparaba, si se mide en litros de fluido sudoral, con la semana en que la misma maestra sustituyó al maestro de ciencias durante su ausencia en una semana. “¿Como puede ser que descendamos de los chimpancés?”, la maestra cuestionó en forma de mofa. “Yo no sé si sus ancestros eran chimpancés pero de seguro que los simios comparten con el resto de la humanidad un ancestro común”, Leo replicó. La mamá de Leo lo recogió en la Oficina del Principal esa tarde.

Entre todos los amigos y amigas que Leo y Sonia compartían, los pocos que ambos podían tolerar, Rita era especial. Los padres de Rita se mudaron a Mayagüez desde Barcelona en el tiempo en que Sonia entraba a la secundaria. El padre de Rita vino a ocupar una plaza docente provisional en el la Universidad de Puerto Rico. De provisional pasó repentinamente a permanente. Ambos, Sonia y Leo, quedaban embelesados con el acento de Rita. Ante todo Sonia que la escuchaba atentamente con esa mirada imperturbable. Leo conocía bien esa mirada letarga acompañada de una leve, casi imperceptible, inclinación de la cabeza hacia la izquierda. Leo era la única persona que decodifica su recato en torno a relaciones de parejas.

–Creo que necesito otra cerveza–, respondió en tono bajo inclinando el cuerpo levemente sobre el mostrador, como evitando ser oída por la caricatura de hombre a su lado.

—¿La misma?—, la bartender pregunto mientras empuñaba el grifo de la IPA artesanal de la Isla.

Sonia asintió con la cabeza con una sonrisa que se apagó ante un nuevo exabrupto del licenciado, no pudiendo evitar dirigir su atención a la chirriante conversación telefónica.

—Dile que voy ahora mismo a la oficina. Que no se mueva ni pa‘ Dios. Estoy allí en 30 minutos.

Terminó la conversación y, después de ingerir de un sorbo el remanente del trago de vodka con cranberry sin conseguir evitar que se chorrease un poco por la barbilla y goteara sobre la corbata desaliñada, se dirigió a Noemí.

–La cuenta–, abortó por su boca cambiando la mirada hacia Sonia que no podía asimilar lo que estaba pasando.

¿Este energúmeno piensa largarse y dejarme aquí después de todo este tiempo perdido?”, pensó.

Noemí dejó caer la cuenta sobre el mostrador. El licenciado colocó encima de la barra dos billetes de diez dólares y se dirigió a Sonia.

—Lo siento, darling, pero tengo que salir apurau pa’ la oficina. Te puedo ver a las 4 de la tarde en punto allí si quieres pero no más tarde porque sólo tendré 30 minutos exactos para la entrevista.

Partió.

“¡Se fue el energúmeno! ¡Y no dijo gracias por el servicio ni lo siento por dejarme aquí plantada!”, pensó Sonia con rostro incrédulo que en cuestión de segundos torno a enojo y frustración.

—Huy, alguien la está pasando bien—. dijo Noemí con tono irónico.—No parece muy amigo el licenciado—agregó.

—Para nada. Es un cerdo. Vine a encontrarme con él para una entrevista de trabajo mientras almorzábamos y el morón no hizo reservaciones. Y encima de eso, se larga y me deja aquí plantada. ¿Lo conoces?

—Ha venido par de veces a encontrarse con varios abogados con oficinas en el área. Evito cualquier conversación con él que no sea para servirle tragos y cobrarle. Uno de los abogado es un joven atento que frecuenta la barra y que tampoco lo soporta. ¿Eres abogada?

Sonia asintió con la cabeza mientras tragaba un sorbo de cerveza. —Pasé la reválida hace unas semanas—dijo a continuación para ser interrumpida por una suave voz masculina que preguntó, señalando el taburete que escasos minutos atrás ocupaba el licenciado. –Con permiso, ¿está ocupada? –y agregó de seguido sin esperar que Sonia contestara –Lo siento, me refería a la silla.

–No, no está ocupada–respondió ella mirándolo de reojo.

–Hola, ¿cómo estás? —preguntó  Noemí —. ¿Lo mismo de siempre? –sugirió  sonriendo mientras empuñaba el grifo de una IPA.

–De seguro –respondió  él–. Muy de seguro. Veo que Rogelio llegó. ¿Falta poco para terminar tu turno?

–En media hora. Ya mismo empiezo a cuadrar la caja. –respondió ella sin desviar la mirada hacia Sonia que sorbía, con los ojos cerrados, las últimas dos onzas de cerveza de un sólo intento.

Sorry por interrumpir –dijo él esta vez dirigiéndose a Sonia –. Estoy sediento. Mi nombre es Marcos –. Agregó con un ademán de extender la mano que Sonia descifró extendiendo su mano. –Soy Sonia, mucho gusto.

–¿Como están las nenas? – preguntó Noemí siendo interrumpida de seguido por un joven delgado sentado a un extremo de la barra que le pedía el menú.

–¿Cuántas hijas tienes? –le inquirió Sonia, no tanto para enterarse, sino, quizás por condescendencia, para llenar el vacío de la conversación abortada.

–Son mis sobrinas –contestó  con un rostro que revelaba una sonrisa vaga, tenue –. Dos. Viven conmigo desde la muerte de la mamá, mi hermana, hace un año. En media hora las recojo en el colegio.

Noemí le sirvió la cerveza a Marcos.

–Gracias –. dijo Marcos–. Me hacía falta.

Seguido le extendió una a Sonia sonriendo. –Por la casa –dijo encaminándose a la caja.

–Que bueno que cuentan contigo y tu esposa –figuró ella al notar sin disimulo un anillo en su mano.

Marco no pudo reprimir la risa mientras miraba su mano con el anillo. –No estoy casado. Era de mi papa.

Sonia se sonrojó. En verdad es una flagrante ignorante en materia de hombres y de anillos.

–¿Accidente?

–No, una sobredosis de xanax combinado con vodka –dijo sin mirarla mientras procedía a  tomar del vaso de cerveza.

Sonia no supo que decir. Cierto es que no encuentra palabras que decir en encuentros como este adornados de tragedia.

–A mi hermana la asaltó un bribón hace dos años en camino al apartamento en que vivía en Hato Rey. Marta lo reconoció. Lo había visto en innumerables ocasiones, con su rostro y calva de monje franciscano y con una barriga descomunal, cirrótica, saliendo del banco frente a la estación del Metro en Hato Rey, cerca de donde ella vivía. Todo un ejecutivo. El tipo solía vestir con gabán pero, como nota discordante, no llevaba maletín sino una mochila amarilla y anaranjada. La noche del incidente, Marta se paso de los tragos con unas compañeras y, no sintiéndose bien, decidió caminar a la casa. Pasando frente a la estación del Metro sintió náuseas y decidió sentarse en un banquito. Estaba mareada y entró  en pánico pensando que podía perder el conocimiento en aquel lugar oscuro. Cuando decidió  continuar caminando, tambaleándose, se topó con el sujeto que la sujetó por el brazo. “No se vaya a caer, señorita”. Marta reconoció  su cara de franciscano, su barriga y su mochila, pero estaba tan borracha al punto que sus pies colapsaron. Solamente recordó  que el tipo le dijo algo de que su esposa estaba en el carro y que podían llevarla a su casa.

–¿Otro round? –preguntó Noemí.

–De seguro, pero en un vaso más grande–respondió Marcos.

Sonia asintió con la cabeza. –¿Y qué pasó  luego? –preguntó develando unas incontenibles ansias de seguir escuchando, de continuar indagando con esa insistencia febril en la cual fue entrenada.

–Lo poco que recordó es que el tipo la encaminó a un estacionamiento oscuro donde ella no pudo continuar en pie cayendo de rodillas. Sintió que le cubrían la cabeza con algo de tela, como una capucha, que la desnudaban de la cintura hacia abajo y un gran dolor. Un repugnante dolor. Y perdió  el conocimiento. Al otro día despertó en el hospital. Marta le describió el individuo a una mujer policía. Lo arrestaron. El juicio duró una eternidad, entre dilaciones y posposiciones. Marta estaba destruida. En fin, al trágico evento le siguió un trágico drama. Un prolongado y fastidioso drama que apenas sobrepasaba con xanax y vodka. El tipo tenía dinero suficiente para contratar, no un abogado criminalista, sino una firma entera de abogados criminalistas. Marta no pudo mantener la cordura durante los interrogatorios del abogado de la defensa, el jefe de la firma, de pie, con una gordura inmensa, un genio aterrador y un maldito tic con el dedo pulgar que hacía rechinar la baranda frente a la silla de los testigos.

Un frío paralizante se apoderó del cuerpo de Sonia. Volvió a experimentar la desagradable e irreducible sequedad en su boca que no consiguió aplacar con un sorbo de cerveza.  Sus brazos no respondían.

–El tipo salió absuelto –continuó  Marcos mientras jugaba con el anillo en el dedo–. Cuatro meses después lo arrestaron. Esta vez irrumpió en un apartamento en Santurce donde abusó de una dentista. Al terminar intentó acuchillarla. Su suerte terminó en las manos de una mujer policía fuera de turno y vecina de la dentista que escuchó gritos. Un disparo basto. Eso fue todo. No hay firma de abogado que lo saque de esa.

La alarma del celular puso final al relato. –¡Las nenas! –. exclamo apurado– Tengo que recogerlas. Noemí, dime cuanto te debo.

–Catorce.

Marcos le entregó  un billete de veinte y se despidió de ambas a la ligera sin esperar el cambio.

–Se van a enojar conmigo –agregó trotando hacia la salida.

Shit, hablaba del gordito licenciado. Definitivamente —declaró Noemí en voz baja pero convencida.

Sonia asintió con la cabeza y pensó: “El tipo sabía que su cliente era culpable. Una sabandija culpable.”

Por unos segundos se sintió atribulada y no hizo esfuerzo alguno para ocultarlo. La tribulación se transformó en enojo y luego en furia.

—¿Me puedes dar la cuenta, por favor? —. pregunto Sonia —¿A qué hora es que sales? Ya han pasado más de treinta minutos —le inquirió a continuación a Noemí.

—A las tres me voy. Tengo que quedarme unos minutos extras. ¿Porqué?

—Voy al viejo San Juan y quizás podamos encontrarnos a eso de las cuatro en la barra de Lúpulo —. Sonia le sugirió nerviosa.

Los ojos de Noemí transmutaron a un verde serpentina.

—¿Y tu entrevista no es a las cuatro?

La bartender entendió el mensaje de los labios apretados de comisura alargada y de los ojos tornados hacia arriba.

OK, a las cuatro —. respondió Noemí entusiasmada mientras daba cortos brincos y rápidas palmadas.

Luego de pagar, Sonia se bajó del taburete. Caminó unos tres pasos para girar medio cuerpo en dirección de la barra y notar que Noemí la seguía con la mirada. En ese momento sólo consiguió decir— Qué ojos mágicos tienes—. y se volteó para reiniciar el paso en dirección a la salida, un tanto ruborizada pero sonriendo. Por segunda vez ese día.


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